Una vieja, muy vieja, abandona pasitos
parsimoniosa y tímida, como si fuese niña.
Pregunta a donde va,
tal vez hacia los hijos que volaron más lejos
que a lo que alcanzan esas manos manchadas.
El chófer se arregla para fingir que tiene
un pelo en la calvicie.
Aquella chica aun está enamorada.
Quizá no quiere irse, y por eso lo abraza.
Hay gente que se exhibe, descaradamente.
Y tal vez no debiera.
Hay gente que se va, detrás de mi, delante,
alrededor de mí se van a cualquier parte.
Somos sardinas frescas durmiendo
en pestíferos sillones de falso terciopelo.
Y a esta jaula grande que nos lleva la llaman colectivo.
Aunque no compartamos ni el destino.
miércoles, 16 de julio de 2014
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