En esta ciudad y en estas horas
el invierno aún no encuentra manera de morirse
como no sea dejando su herencia de lloviznas,
de penas tutelares que nos guíen
aunque no sepamos bien a donde o porqué,
si solo nos pesan los ojos y un poco el corazón
pero seguimos vivos y mordientes.

¿A donde vamos, si todo es adelante?
Con este invierno agonizante donde vivo
que me recuerda cotidianamente
la anciana de la que vengo y que se muere
en otra ciudad tan sucia y tan confusa como esta.

Entonces salgo a mis calles de ratón enjaulado
y en mi rueda costumbrista giro una vez más
como si no muriese lenta y perversamente
esta misma calle desmigada teñida abandonada.

No importa que tan lejos pretendamos.
La muerte siempre sigue más cerca nuestros pasos.
y siempre toca con su dedo lejano y desgraciado
la frente de los viejos que nunca quisimos demasiado.

Como digo, voy camino de agonía
y la tristeza tiene la forma de la torre
con sus ventanas huecas.
En alguna ventana alguien me mira;
mas arriba mi abuela que se muere
y destiñe una inmensa impaciencia.
¿En que ventana estas que no te veo?

Solo esta biblioteca polifémica
que ciega sus ventanas elevadas,
y a donde vuelvo los días en que puedo escaparme,
está a salvo de aquella miseria quebradiza.
Aquí cada libro se duerme en sus propias mentiras
con afán de verdad y de templo, de supremo y de ciencia.
No hace falta gemir si estas salas no tienen corazón o razón.
Aquí por decreto todos somos felices, más vivos que muertos
y el invierno, el otoño, el verano no tocan la puerta.
Que los dioses bendigan esta tonta mentira.


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