Tales miraba las estrellas
porque ellas no hablaban griego
y estaban frías y lejanas
pero brillaban
como faroles tumularios.
Y se cayó en los abismos
donde un dragón de ciencia
le mordería las manos.
El resto de la gente
ya se olvidó su rostro
y se olvidó la tarde en que Tales moría
o aquella vez que vino entre la gente
dolorido de estar sabiendo el número
renovado y redondo de la altura.
Nadie puede
llegar hasta su tiempo
y verlo hablar una hora
azul y distraído
con el vecino que encontró en la calle.
Nadie puede salvarlo del olvido.
miércoles, 12 de septiembre de 2018
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