sábado, 4 de noviembre de 2017

Tiembla, atemorízate, 
noche y día ten cuidado,
(...)

Advertencia del Emperador Yao 
(La fuente de viejos poemas)

Tiembla, atemorízate 
cuando descubras que las hormigas 
pueden quebrar el pie de las ciudades 
al morder sus huesos de cemento. 

No será eterna tu vida, se extinguirá tu muerte, 
el amor y los odios que empecinas 
decaerán carcomidos por los años 
como arboles secos junto al tiempo. 

Tiembla, atemorízate 
que el viento puede tomar tu voz y tu cabello 
para llevarlos consigo hacia los hombres 
en países lejanos y olvidados
que no conocerán tu nombre. 
Somos así de vanos, así de endebles. 

¿Cuanto tiempo le ha costado al gusano 
hilar su delicada cesta? 
¿Y cuanta agua se ha perdido el río 
para saciar la sed de la morera?
Nada será eterno en la belleza, 
pues el fuego consumirá la seda, 
y sin aliento ya, sin alimento 
se extinguirá cuando esto suceda. 

Tiembla, atemorízate 
como un camello que ha quedado 
atrás y sin agua en la joroba. 
Siente el desierto ahogarlo con su pena. 
Pero camina mudo y solitario 
arrastrando su fe sobre la arena;
él no sabe de intención o de finales; 
solo rumia el sabor de la belleza. 

Así somos los hombres, que buscamos 
el asombro en la fe de los camellos, 
la arquitectura y el jardín de las hormigas, 
el húmedo calor de los monitos. 
En el verdor de una lechuga nueva 
hay respuestas que aún no conocemos.

Tiembla, atemorízate,
hazte de espanto
ante la inmensidad de tu ignorancia
que una tarde te paras en la calle
y toda la ciudad te ha parecido extraña.
¿Vas a cerrar los ojos y refugiarte
en el pulido espejo de la costumbre?
¿Quien podrá desdeñarte si te tiembla
la mano al sostener el aire?


jueves, 2 de noviembre de 2017

Dios estaba solo,
y lloraba océanos de perlas
como una lluvia sin llegar al suelo.
Dios estaba solo
y construyó océanos de luz,
se arañó las manos y cayeron cometas.
Pero la luz no habla,
el agua no se mueve,
todos los pájaros aún no habían llegado.

Así que Dios se tomó con las manos
la olímpica barriga
y se cortó hasta adentro.
La conmoción fue universal
y se rajaron los cimientos del cielo.
La negra sangre manó desde las rocas
cubriendo los orificios humeante
desde la augusta carne desgarrada.

El grito ha sido eterno,
aún resuena más allá de las montañas
en el quejido de los árboles que duermen.
Aquel grito celestial continúa
como si todo el tiempo no hubiese sucedido.
Todavía estamos sobre la piedra
pero ya no lo oímos.
Como la música de las esferas,
el grito del dios rebanado a sí mismo.

Con esa arcilla entre sus manos,
sangrando aún y aún latiendo,
nos formó en la vida.
Sopló después en la nuca de las criaturas muertas
y echaron a andar.

Pero Dios se retiró a los abismos
y un antiguo reguero a través de los espacios
nos lleva hasta su cueva.
Más allá de ls rincones del cielo
hubo de encontrar un sitio propio,
y floreció su sueño entre las piedras.

*

Dios estaba solo, y lloraba
océanos de perlas,
plumas de gallos,
carozos de aceitunas.

Dios estaba solo y creó
a los hombres a su imagen y semejanza.
Tomó la extensión de su barriga
estirándola hasta crear el tiempo
y se cortó la carne inmaculada
desde arriba hacia abajo.

Dios tiene ombligo
porque de ahí fue de donde hemos salido,
y heredamos su cicatriz
para que no se olvide
que Dios se cortó a si mismo
por pura estupidez o por encanto.

Pero Dios huyó despavorido
del dolor y la sangre,
se refugió en las ventanas del cielo,
en el espacio de las estrellas.
Más allá de todo campo y día
en donde solo habita su silencio.
Y los hombres no han podido llamarlo.

Entonces prosperaron en la tierra,
trepados a las montañas escamosas,
en sus gruesos y rocosos intestinos,
acomodaron el paso de las vacas
sobre el surco robado a las hormigas
que desfilaron llevándose con ellas las semillas.
Atrás se mantuvieron los seres olvidados:
el milveces antiguo escarabajo,
el callado y jadeante cocodrilo,
la sincera tortuga enmohecida,
el áspero tiburón y la bacteria.
Los hombres se acumularon como nubes
hasta morder la barriga del cielo
con el diente pálido de la ciudad.

Y llamaron a Dios, desde las torres
dijeron sus incontables nombres
que olvidaban en una edad y en otra
recobraban más viejo y más brillante.
Pero Dios no atendía, el cielo era
solo la vastedad del universo
que de tan ancho no hemos podido retenerlo
bajo los círculos de nuestra esfera.

Entonces la Humanidad gritó
de oro una voz amarga y buena
que asomada al umbral del infinito
se hundió en la misma carne del cosmos.
La máquina cruzó el espacio, piel helada,
más allá de la luz y la certeza
se desprendió para siempre de nosotros.

Dios aún no ha respondido.


lunes, 30 de octubre de 2017

Dijiste: "Existe una manera de quererte,
pero aún no la he encontrado.
Dame un tiempo más para buscarla
durante mis atardeceres."
Yo estaba apurado. El sol
se escondió en mi sangre.
No tuve un día de más para esperarte
y no veré tus atardeceres.

Dije: "Hay árboles que crecen y florecen.
Hay flores que aún no han nacido.
Y quizá nunca en estas vidas nuestras."
Yo era tan sabio, como una espina nueva.
Así de joven y de temible era.


Nunca podré contarte
lo solo que yo he estado
cuando una noche oscura no vino la tormenta
para justificarme la tristeza.

Leía de madrugada alguna historia,
aquellas que hablan de tanto amor y desespero,
que me caló hasta donde
durmiera la miseria.

Si, yo he llorado, niño,
sin intención de ánima.
Fue como si, de pronto,
hallarme sin pulmones
y una mancha grisácea
que me crecía aquí dentro.

Que solos que quedamos
cuando estamos despiertos
al borde de los demás que sueñan.


miércoles, 18 de octubre de 2017

Amaban los dioses a Jacinto,
y de entre todos ellos Apolo
era quien más lo amaba.
Porque Jacinto era como el viento
que ha venido nuevo entre las piedras
para limpiar el mínimo camino
donde la hormiga crea su primavera.
Porque Jacinto podía levantar una gota de agua
y al ponerla en su frente brillaría:
así de fresca y nueva era su vida,
así de necesaria y bella.

Amaban los dioses a Jacinto.
Dijeron para ellos: "No habrá más primaveras.
No crecerán más flores en la tierra.
No se abrirán este año nuevas tierras
para que pueda el hombre hallar los frutos
que en ella duermen.
Solo esta belleza nos mantendrá felices."

Los hombres eran nuevos.
No había llegado el tiempo de su pena.
Y de entre ellos dieron a la tierra
la juventud y risa de Jacinto.
Lo sacaron desde sus vientres frescos,
le pusieron sandalias en los pies delicados,
abandonaron canciones en sus caminos,
y lo miraban como se mira a un hijo
que aún no se ha ido.

Así como los hombres, los dioses
trajeron la buena agua de la lluvia
y mostraron a Jacinto el encanto de la melancolía.
Su rostro noble les conmovió la vista.
Le dieron una piedra tomada de los abismos,
para mirar sus ojos alumbrados,
y lo amaban al verlo.
Vino Apolo a mirarlo sobre la tierra.
Que días tan benévolos de antaño.

Así como los dioses amaban a Jacinto
lo miraron dormir. "No será eterno.
Se morirá cuando lleguen los inviernos
y acosen su carne y su espíritu.
Cuando lo dejen cansado y despojado
de la sinuosa juventud alegre
lo habremos perdido para siempre."
Dentro de sus columnas creció un pena
que hizo llorar a las ninfas en los campos.

Ha sido. Se apagó como un fuego bajo el río,
su roja sangre se detuvo y yació
sobre la palma dolida de la tierra.
Sus cabellos se unieron a los árboles,
sus huesos se sumergieron en el tiempo.
Nada queda de él. Solo la pena.

"¿Esto ha sido o fue un sueño?,
que entre los árboles viniera a nuestros templos
para mostrarnos lo que hemos creado
sin saber lo que hacíamos."
No hubo quien consolara a los dioses,
se extinguió el humo en sus altares,
y Apolo abandonó la lira en los bosques.

Pero los hombres comieron y lloraron,
fueron a los campos con sus bueyes,
llevaron a la tierra nuevas semillas.
Caminaron por sobre el ancho mundo
multiplicándose entre las montañas.
Hallaron el espacio de la tierra
y dieron nombres nuevos a los seres.
En los bordes de sus caminos encontraron
pequeñas flores bajo los cipreses
y las llamaban jacintos.


lunes, 16 de octubre de 2017

Él es el hombre que me desagrada.
La bestia enorme sedienta de placeres
a la que el arte no le sirviese nada.
Busca en el suelo madrigueras y huesos
porque ignora el lenguaje de los hongos.
Ha sido construido en nuestra especie
pero ningun destelle se le quedó en los ojos,
donde duerme ese hambre de codicia.

No tiene corazón, no tiene estómago,
no tiene lengua, orejas, cabellera.
Es puro barro y uñas caminando
que cuando muera se abrirá en desidia
porque toda la luz no lo ha alcanzado
y la penumbra lo repugna.

Especie vana y rota. Abre la boca
y el viento no entrará en tu voz.
No hay palabra que pueda retratarte
cuando lo demás puede alzar flores,
y cachorros, y torres, y floresta
que en los espacios del mundo han crecido.

Es el hombre cotidiano e inútil de las ciudades
que se despierta y come sangre ajena,
el que bosteza frente a la belleza y a la muerte
porque mínimo y cruel no alcanza a conocerlas.
Refugiado en su sal endulza el aire
con el humo aceitoso del deseo.
En su mano el talle de una flor pierde destino,
una mujer es una hembra abierta,
un cachorro es dolor y aburrimiento.


René Godoy tiene seis dientes en la boca
y una expresión de tierra chamuscada.

Son los albañiles, que con el sol levantan
las vigas de los árboles, las paredes,
los pasajeros pilares de la tierra.
Sus obras verán otras vidas dentro de ellas,
las mirarán dormir e irse.
Moldearán las costumbres de los niños
o el sopor y la ciencia de los árboles.

René Godoy pertenece a esa estirpe de hombres
que toman barro y piedra
y en la noche se acuestan en la sombra de las ciudades
y en la mañana marchan dentro de ella
convirtiendo muros antaño firmes en escombros
y la sed del cemento en su cimiento húmedo
que escondido en la tierra murmura.
Se duerme y el musgo viene a devorarlo como un caracol.
Entonces cuando viejo, vienen los albañiles renovados;
pican y cavan hasta sus raíces,
arrancan las varillas de hierro oxidado
y quiebran el cemento ya vaporoso cuya piel se desmiga.
Remueven la tierra y urden un orden nuevo,
de barro, madera, piedra y vidrio.
Se trepan al viento adormecido sobre el pasto
para poner ventanas contra el cielo, y pilares
a semejanza de árboles o parecidos a un barco desplegado.

René Godoy parece un hombre anciano.
No el venerable dios de barba pálida
cuyas manos y anillos cuidan un tiempo ausente.
René Godoy es indio y negro, criollo
cocinado desde la tierra misma
emerge desde el polvo bajo el sol más caliente.
Enjuto y renegrido, parece un palo viejo
que emergió joven y grácil de la tierra
pero cayó en el río y este lo llevó lejos.
Lo cubrió con sus aguas enturbiadas,
lo enterró en la piel del barro,
lo devolvió al aire duro y sucio
de todos los rincones de la vida.

Agachado en la sombra de la casa
que levanta y conoce en sus rincones
puede hablar del mundo como un ladrillo
que ha sostenido a todas las columnas.
Cobra gracia cuando habla alto
y su rostro moreno se sonríe
sobre la tibia esquina del pasado.

En el cigarro humea su persona,
en el ceño balancea un recuerdo.
Cuando extiende su brazo pareciera
que atraviesa el viento hacia el silencio
donde eran jóvenes y los muros dormían en la tierra.

Es la más vieja de todas las criatura
que tomó el barro e hizo un nido,
y luego acumuló sabiduría
de la que sirve para construir más nidos.


Me gusta la humedad, los días de bruma,  las mañanas que llegan tardías y calladas,  los pájaros que duermen hundidos en el tiempo informe d...