En Francia la gente salió a la calle
enojada y fervorosa, algunos se reían
en las esquinas, en los cruces de rutas
se juntaron poniéndose chalecos amarillos
y gritan consignas intraducibles;
(porque vienen desde el francés intraducible
que vuelve a casa cada día y sale nuevamente
y vive la Francia contemporánea que se exhibe
en su chaleco amarillo, en este invierno
que ha venido a rodar en las esquinas).
Salieron a las calles, y gritaban
frente al silencio de los policías,
frente a las vidrieras iluminadas,
frente a los edificios de postales,
bajo el arco triunfal como un elefante,
marcharon por las calles de la Francia adormecida
y los alemanes, los chilenos, los húngaros,
los argentinos, los uruguayos, los surcoreanos,
escuchaban sus gritos, escucharon, escuchan
las voces airadas, los gritos en las calles,
el sonido descoordinado y sucio de un pueblo vestido de amarillo
que ha salido a las calles y camina gritando
dolores antiguos, penas renovadas, ignoradas protestas cotidianas
que el invierno humedece y han crecido.
Son como flores en las calles, son como miles de flores amarillas,
en las calles, en los cruces de rutas, en Paris.
(Europa despertará de la noche y se encontrará amarilla,
con los dedos amarillos, con el torso amarillo,
con gritos amarillos en las calles,
y la lluvia y los cerros, el agua toda irá amarilla
gritando protestas cotidianas hasta la costa
toda teñida de amarillo.)
Vendrán las voces renovadas y plácidas concediendo disculpas
y relamiéndose el amargo dolor de estos chalecos.
Vendrá la noche con su sueño a cuestas
para cubrir este campo de flores que protestan.
Vendrán la eternidad y la paciencia burocrática
para tomar las flores y endurecerlas,
para cortar su tallo hasta lo adecuado de la primavera conservada.
Vendrán las flores en las calles, gritando, amarillas, gritando.
miércoles, 30 de enero de 2019
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