Eras como la lluvia,
sorpresiva y cambiante.
A veces tempestuosa.
Eras como la luna,
siempre altiva, elegante.
Eras luna de agua,
una ilusión de Dios.
Eras sombra y misterio,
con tu voz de penumbra,
siempre grave y triste,
siempre suave y serena.
Y aun así y por eso te quería.
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