Ordena el mundo cada día.
Si la dejáramos lavaría las ventanas de la noche
por una eternidad sin consecuencias.
Si la dejáramos nos despertaría con un sol deslucido
a fuerza de brillos y cepillos ardidos.
Su esposo disemina piedrecitas y polvo
como un gigante tosco que ríe sin motivos
construyendo los nidos de águilas huidas.
Pero ella barre el mundo tercamente
y en cada amanecer cuelga banderas húmedas.
Son cotidianos, pulcros, aburridos.
No miran más allá de sus olvidos.
Cultivan la ignorancia de paciencia
en la antigua vaciedad de la decencia.
Se duermen cuando los escribo.
lunes, 20 de julio de 2015
¿Cuando fue entonces que nos quisimos tanto?
Estoy tan infinitamente harto,
que de seguro arrastro otros enojos
a modo de antecedentes en una furia cósmica.
¿Donde estábamos hace treinta, cuarenta años,
hace trecientos años de esta fecha?
Esta desesperanza de existencia
no puede ser tan nueva.
Esta mañana me faltaba
y, sin embargo, parece ser más vieja.
Estoy tan infinitamente harto,
que de seguro arrastro otros enojos
a modo de antecedentes en una furia cósmica.
¿Donde estábamos hace treinta, cuarenta años,
hace trecientos años de esta fecha?
Esta desesperanza de existencia
no puede ser tan nueva.
Esta mañana me faltaba
y, sin embargo, parece ser más vieja.
viernes, 10 de julio de 2015
No me digan ahora que la tristeza es bella.
Yo la conozco entera
y no me guarda esquinas.
Es triste, solo eso.
No guarda poesías.
Se viste alguna tarde con pantalones grises
y en la ventana cae el cielo, la llovizna,
alguna hora maldita cansada de los días.
Acomoda los codos para juzgar motivos,
se escapa de si misma como sangre de heridas.
Que pena, antes fue bella,
Solía distraerme, patética decirme
cuanta magnificencia encierra el horizonte.
Que pretensión estúpida. No somos héroes.
Yo la conozco entera
y no me guarda esquinas.
Es triste, solo eso.
No guarda poesías.
Se viste alguna tarde con pantalones grises
y en la ventana cae el cielo, la llovizna,
alguna hora maldita cansada de los días.
Acomoda los codos para juzgar motivos,
se escapa de si misma como sangre de heridas.
Que pena, antes fue bella,
Solía distraerme, patética decirme
cuanta magnificencia encierra el horizonte.
Que pretensión estúpida. No somos héroes.
lunes, 6 de julio de 2015
"I can still recall our last summer.
I still see it all.
Walks along the Seine.
Laughing in the rain.
Our last summer.
Memories that remain."
Our last summer -ABBA
Es horrible volver a ver los rostros que queríamos
y descubrir que no ha pasado mucho
pero igual les pesó sobre la calma.
¿Cuando fue entonces que nos quisimos tanto?
Es terrible volver a las calles que amábamos
a decirnos no es tarde todavía.
Que brusco sueño es este donde vamos despiertos
pero los árboles ya se han muerto
y están de pie sin conseguir caerse.
Pasajeros somos, verdad que caminamos.
Cuanto nos falta hacia otra primavera
donde la lluvia tenga aires que no recuerden inviernos.
sábado, 4 de julio de 2015
Nos gustaba el invierno.
Los gatos se arrimaban,
quemándose el bigote contra el fuego;
la radio murmuraba sus viejos festivales
y el té dormía en sueños de efímeras volutas.
Julio nos recordaba que eramos felices,
cuando el mundo era un paisaje lejano
donde la guerra nunca terminaba
pero entonces sabíamos que la alegría volvía
después de cada tarde interminable.
Cuantos años felices que tuvimos
en esa casa inmensa que olvidamos
para poder buscarnos nuestros propios recuerdos.
Entonces descubrimos la ciudad y el invierno,
sin el perro que robe el azúcar y el sueño,
sin el gato que busque nuestra estufa y silencio.
Ahora solo decimos nuestros años felices.
Ahora solo vagamos hasta llegar a vernos.
Los gatos se arrimaban,
quemándose el bigote contra el fuego;
la radio murmuraba sus viejos festivales
y el té dormía en sueños de efímeras volutas.
Julio nos recordaba que eramos felices,
cuando el mundo era un paisaje lejano
donde la guerra nunca terminaba
pero entonces sabíamos que la alegría volvía
después de cada tarde interminable.
Cuantos años felices que tuvimos
en esa casa inmensa que olvidamos
para poder buscarnos nuestros propios recuerdos.
Entonces descubrimos la ciudad y el invierno,
sin el perro que robe el azúcar y el sueño,
sin el gato que busque nuestra estufa y silencio.
Ahora solo decimos nuestros años felices.
Ahora solo vagamos hasta llegar a vernos.
Este es Julio.
Frío y ajeno, nunca nos ha dicho
que fuéramos sus días.
Esto ha sido siempre Julio.
Sus avenidas de llovizna no guardan
recuerdos a la libre algarabía.
Siempre se tiñe con su bufanda oscura
y entra a la ciudad de madrugada
para no ver la cara de la gente
sino de los paseantes que nunca tienen nombre
y van urgentes hacía alguna parte.
Cruel como la helada, más ciego que el presente.
Solo en sí contiene la inmensa soledad del persistente.
Julio de la mañana sin ruidos,
de hormigas refugiadas en sus bunkers
donde blancos ejércitos no las alcancen.
Que tristeza infinita y miserias
guarda la bruma en etéreos rincones.
Frío y ajeno, nunca nos ha dicho
que fuéramos sus días.
Esto ha sido siempre Julio.
Sus avenidas de llovizna no guardan
recuerdos a la libre algarabía.
Siempre se tiñe con su bufanda oscura
y entra a la ciudad de madrugada
para no ver la cara de la gente
sino de los paseantes que nunca tienen nombre
y van urgentes hacía alguna parte.
Cruel como la helada, más ciego que el presente.
Solo en sí contiene la inmensa soledad del persistente.
Julio de la mañana sin ruidos,
de hormigas refugiadas en sus bunkers
donde blancos ejércitos no las alcancen.
Que tristeza infinita y miserias
guarda la bruma en etéreos rincones.
La Luna ya no puede ganar esa batalla,
Que vasta ciudad hemos creado,
bajo la cara ajena de la Luna,
aunque en instantes eternos no nos sirva para nada.
Tuvimos la persistencia, la habilidad
de cuidar la piedra hasta que reprodujera
sus gigantescos hijos de cemento.
Nunca tuvimos la sabiduría
de preguntarnos si era necesario
que la ciudad nos conquistara el hambre,
y la penuria y la desolación para volverlas
nuestras cotidianas soledades
en este cúmulo de ventanas donde la Luna sobra.
Por alguna razón inalcanzable, nuestras ciudades cierran
el aire a los costados y debajo
pero encima nunca llegamos a cubrirnos
como una tortuga irrealizada
que escapa los ojos a lo inevitable
de no llegar al cielo y vernos siempre a salvo
en cámaras de piedra bajo la montaña.
cuando Mordor le arroja sus nubes en la cara.
Que vasta ciudad hemos creado,
bajo la cara ajena de la Luna,
aunque en instantes eternos no nos sirva para nada.
Tuvimos la persistencia, la habilidad
de cuidar la piedra hasta que reprodujera
sus gigantescos hijos de cemento.
Nunca tuvimos la sabiduría
de preguntarnos si era necesario
que la ciudad nos conquistara el hambre,
y la penuria y la desolación para volverlas
nuestras cotidianas soledades
en este cúmulo de ventanas donde la Luna sobra.
Por alguna razón inalcanzable, nuestras ciudades cierran
el aire a los costados y debajo
pero encima nunca llegamos a cubrirnos
como una tortuga irrealizada
que escapa los ojos a lo inevitable
de no llegar al cielo y vernos siempre a salvo
en cámaras de piedra bajo la montaña.
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