En el pueblo donde crecí había un tonto
que pedía lapiceras detrás de sus anteojos.
Tenía una mirada distanciada
con el color borrado detrás de los cristales
y siempre saludaba pidiendo una birome.
Tal vez el escribiera lo que otros callaban.
Tal vez solo perdiera la tinta y las palabras,
pero él siempre decía que le escribía cartas
a una novia que nunca se casaba.
sábado, 16 de julio de 2016
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