No tomaré la flor que en tu boca viene,
dijo el gran dios erguido sobre el cielo.
Y la serpiente, humilde entre las bestias,
quedó desnuda dentro de su vergüenza.
Llevo una flor que recogí en el monte,
con la corola húmeda en rocío
estaba fría y bella entre las rocas,
y la llevo ahora conmigo.
Traigo esta flor desnuda en su agonía.
No ha de durar, se muere todavía.
Quizá tu luz le de el abrigo último;
junto a tu asombro vivirá otro día.
No he de acercarme a tu boca, tus dientes
aguardan como hileras de soldados.
Llevan la muerte dormida que murmura.
La paz que llevan es la de engaño.
Va la serpiente, sin volver la mirada.
Su antiguo hambre la impulsa,
lleva el orden original en la mordida.
Ya no más flores. Nunca más llevara flores
que encontraba ofrecidas en la brisa.
miércoles, 2 de octubre de 2019
lunes, 30 de septiembre de 2019
No te fundaron, fuiste construida
por las costumbres de los que no se fueron;
quedándose, de tanto estar y repetir caminos
alumbraste tus calles y tu aliento
a descampado árido, a palmera pudorosa,
a desnudo cemento domesticado.
Eres más la costumbre de el andar cotidiano
que una línea edificada o que una ciudad.
No tienes eternidad, fuiste siendo dispuesta
en tu esparcir de calles y de patios
dejando caer portones, callecitas, perros
como semillas de un jardín polvoriento.
Y fue la ciudad, un día estaba entre los árboles
la conquista y el orden de la tierra,
retroceso de ríos milenarios,
extinción de los fuegos primeros,
inauguración de motores ardientes.
Definió que porción de sus rincones reservaría a los muertos
y se echó, para rumiar las horas.
Como las cosas vivas cuando brotan.
El tatú cuando cava, el perro cuando llega,
los árboles que se estiran hacia el viento,
no descubren su sitio en la tierra.
Ocupan un espacio y una hora,
así fue la ciudad.
Donde había campo y yuyos puso hierros,
reemplazó hormigueros y raíces con avenidas,
enderezó la pereza del lapacho.
Tarea de años fue aquella costumbre
de levantarse y apartar el río.
Cuando llueve se evapora y corre el barro por el borde del camino
hacia el terreno que aún no ha sido y espera.
Cuando viajamos de noche y el camino se acerca
crece su resplandor por todo el cielo.
Su coraza de luz se eriza en la distancia.
por las costumbres de los que no se fueron;
quedándose, de tanto estar y repetir caminos
alumbraste tus calles y tu aliento
a descampado árido, a palmera pudorosa,
a desnudo cemento domesticado.
Eres más la costumbre de el andar cotidiano
que una línea edificada o que una ciudad.
No tienes eternidad, fuiste siendo dispuesta
en tu esparcir de calles y de patios
dejando caer portones, callecitas, perros
como semillas de un jardín polvoriento.
Y fue la ciudad, un día estaba entre los árboles
la conquista y el orden de la tierra,
retroceso de ríos milenarios,
extinción de los fuegos primeros,
inauguración de motores ardientes.
Definió que porción de sus rincones reservaría a los muertos
y se echó, para rumiar las horas.
Como las cosas vivas cuando brotan.
El tatú cuando cava, el perro cuando llega,
los árboles que se estiran hacia el viento,
no descubren su sitio en la tierra.
Ocupan un espacio y una hora,
así fue la ciudad.
Donde había campo y yuyos puso hierros,
reemplazó hormigueros y raíces con avenidas,
enderezó la pereza del lapacho.
Tarea de años fue aquella costumbre
de levantarse y apartar el río.
Cuando llueve se evapora y corre el barro por el borde del camino
hacia el terreno que aún no ha sido y espera.
Cuando viajamos de noche y el camino se acerca
crece su resplandor por todo el cielo.
Su coraza de luz se eriza en la distancia.
miércoles, 25 de septiembre de 2019
Mezclan el oro y el negro con la paciencia
de quien conoce bien lo que ha obtenido;
llevan los dedos teñidos de polvo reluciente.
Aquí la enfermedad y la aventura,
y la sed y el refugio, allá
la edad brillante y la penumbra
descienden desde sus pulgares quebradizos.
Pondré hilo de oro para que la abundancia
toque esta infancia cálida,
hay candelas que ríen en la penumbra,
lana de oveja negra que he recogido tarde,
fiebres de madrugadas, desafíos
de dolores diminutos, retorcidos
jirones de una hora, humedad desnuda,
oro brillante de una tarde vieja,
negra lana de un mediodía insatisfecho.
Serás una altura, un color, tendrás voces,
alumbrarás, dispondrás de sombra.
La permanencia del árbol, la tendrás;
iras a caballo en un camino sin volverte a mirarlo.
No hay más horizontes, todo ha sido;
vuelve a mi, oro y vellón que tuve en la mano.
Enumero tu estancia, veo los brotes
que aún no han sido. Conozco
cada vellón dorado o mortecino
de cada ovillo que encuentro en mi regazo.
Y, hermana, no apresures. Todo llega.
¿Que secreto murmullo nos conduce?
de quien conoce bien lo que ha obtenido;
llevan los dedos teñidos de polvo reluciente.
Aquí la enfermedad y la aventura,
y la sed y el refugio, allá
la edad brillante y la penumbra
descienden desde sus pulgares quebradizos.
Pondré hilo de oro para que la abundancia
toque esta infancia cálida,
hay candelas que ríen en la penumbra,
lana de oveja negra que he recogido tarde,
fiebres de madrugadas, desafíos
de dolores diminutos, retorcidos
jirones de una hora, humedad desnuda,
oro brillante de una tarde vieja,
negra lana de un mediodía insatisfecho.
Serás una altura, un color, tendrás voces,
alumbrarás, dispondrás de sombra.
La permanencia del árbol, la tendrás;
iras a caballo en un camino sin volverte a mirarlo.
No hay más horizontes, todo ha sido;
vuelve a mi, oro y vellón que tuve en la mano.
Enumero tu estancia, veo los brotes
que aún no han sido. Conozco
cada vellón dorado o mortecino
de cada ovillo que encuentro en mi regazo.
Y, hermana, no apresures. Todo llega.
¿Que secreto murmullo nos conduce?
jueves, 5 de septiembre de 2019
El gallo vino a cantar,
cantando de madrugada.
El gallo vino a cantar,
no le faltaba ya nada.
Cantando yo he de vivir,
porque cantando yo vivo.
Cantando me he de morir,
porque cantando he vivido.
Ay, si no pudiera cantar
que triste que yo andaría.
Cantando puedo vivir
cada vez que viene el día.
Canto solo, canto en corro,
siempre bien acompañado.
Cuando canto vienen todos
los que en mi vida he cruzado.
Mi canto tiene del río
el color y la corriente,
y tiene de la simiente
el espíritu enroscado.
Canto con todos, soy viento
que va llevando colores.
En cuanto abro la boca
se despliegan tus canciones.
Canto tu hijo, tu sombra,
canto tu casa y tu ropa.
Adentro de mi canto guardo
la memoria de tus cosas.
cantando de madrugada.
El gallo vino a cantar,
no le faltaba ya nada.
Cantando yo he de vivir,
porque cantando yo vivo.
Cantando me he de morir,
porque cantando he vivido.
Ay, si no pudiera cantar
que triste que yo andaría.
Cantando puedo vivir
cada vez que viene el día.
Canto solo, canto en corro,
siempre bien acompañado.
Cuando canto vienen todos
los que en mi vida he cruzado.
Mi canto tiene del río
el color y la corriente,
y tiene de la simiente
el espíritu enroscado.
Canto con todos, soy viento
que va llevando colores.
En cuanto abro la boca
se despliegan tus canciones.
Canto tu hijo, tu sombra,
canto tu casa y tu ropa.
Adentro de mi canto guardo
la memoria de tus cosas.
lunes, 2 de septiembre de 2019
Cuando los dioses terminaron la obra
estaba todo construido:
el mar con caracoles,
las ballenas,
los árboles más anchos y más altos
todos habían sido terminados
con su estatura justa.
Las ideas flotaban en la voz inmaterial,
eran susurros y canciones,
semillas, yemas, brotes.
Los pueblos emergieron de la piedra,
la piedra tuvo arenas,
hubo muertes y vidas infinitas.
Y el silencio se extendió
sobre las cosas puso su ánimo pálido y sereno.
Creció hasta comer colores,
ocupó los colores del invierno,
apretó el sueño bajo sus manos frías,
contagió pereza al calor,
detuvo el mediodía.
Amenazó la creación de tan enorme.
Las hormigas olvidaban volver,
los huevos no brotaban.
Y entonces los dioses construyeron la alarma
dentro de la garganta de los gallos
dieron cuerda e inicio al nuevo día,
grito valiente y roto
enorme ráfaga
de cristal dolorido
de gozo incontenible
de ruido desbandado
salió cantando erguido
tocando cada pelo y cada hoja
despertó la pereza de la muerte
y la empujó a cumplir por los caminos
y recordó las palabras de la vida
que en cada sueño aguarda.
Solo el gallo
tiene esa constelación de desafío
desplegada en el grito de la mañana
hierve en su voz
el futuro posible.
estaba todo construido:
el mar con caracoles,
las ballenas,
los árboles más anchos y más altos
todos habían sido terminados
con su estatura justa.
Las ideas flotaban en la voz inmaterial,
eran susurros y canciones,
semillas, yemas, brotes.
Los pueblos emergieron de la piedra,
la piedra tuvo arenas,
hubo muertes y vidas infinitas.
Y el silencio se extendió
sobre las cosas puso su ánimo pálido y sereno.
Creció hasta comer colores,
ocupó los colores del invierno,
apretó el sueño bajo sus manos frías,
contagió pereza al calor,
detuvo el mediodía.
Amenazó la creación de tan enorme.
Las hormigas olvidaban volver,
los huevos no brotaban.
Y entonces los dioses construyeron la alarma
dentro de la garganta de los gallos
dieron cuerda e inicio al nuevo día,
grito valiente y roto
enorme ráfaga
de cristal dolorido
de gozo incontenible
de ruido desbandado
salió cantando erguido
tocando cada pelo y cada hoja
despertó la pereza de la muerte
y la empujó a cumplir por los caminos
y recordó las palabras de la vida
que en cada sueño aguarda.
Solo el gallo
tiene esa constelación de desafío
desplegada en el grito de la mañana
hierve en su voz
el futuro posible.
martes, 6 de agosto de 2019
ahora en una prisión alguien está matando a alguien,
y la velocidad es innecesariamente
ahora mismo que usted está sentado, o parado, o flotando.
Ahora mismo que yo no estoy ahí,
o que ya no estoy en ningún lado
porque me he ido, por que ya fallecí,
porque me olvidé de esto que escribía
y no olvide que esto no es un poema,
si no apenas una declaración de circunstancias
domingo, 4 de agosto de 2019
Ha sucedido, la primera lluvia de este otoño llega.
Hoy acabará el verano que aún no lo sabe.
Me recuerda que acaso ha pasado otro año
y me acerco a la muerte,
que me hago más viejo,
que me quedo más solo.
Que quizá este año sea igual al otro.
En realidad, la lluvia
ignora que la espero. Ella
no sabe nada
más que solo su andar y su caerse.
No me conoce y puede seguir viva
más allá de mi espera transparente.
Hoy acabará el verano que aún no lo sabe.
Me recuerda que acaso ha pasado otro año
y me acerco a la muerte,
que me hago más viejo,
que me quedo más solo.
Que quizá este año sea igual al otro.
En realidad, la lluvia
ignora que la espero. Ella
no sabe nada
más que solo su andar y su caerse.
No me conoce y puede seguir viva
más allá de mi espera transparente.
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