sábado, 5 de marzo de 2016

De toda tu memoria, soy tu olvido.
La sombra del invierno cuando llueve.
Soy esa soledad que siempre esquivas.
Soy tus horas perdidas.

Nunca estuve donde no querías,
nunca estuve en tus pasos.
Soy la guardia en la puerta y la penumbra.
Soy el paraguas, pero no la lluvia.
La cerradura, pero no la llave.
Soy el árbol, pero no las frutas.
Siempre he quedado al borde el camino.
Siempre miro de lejos tu destino.


Antes que perpetua tu ausencia sera una gastadera
donde vengan a quebrarse los encantos
como se quiebra el agua sobre rocas,
como la rama seca cae de canto
para romperse en miles de promesas 
ajenas ya al árbol originario
que solo las orugas, las lombrices, 
las alimañas tiernas y crujidas comprenden cabalmente
porque a todo lo demás se le ha huido 
la presencia fugaz que fuese permanente
y el día de pronto aparece incompleto.
El día de pronto se partió en la rompiente.
Le faltará esa manera de tenerte.

Cuando nos faltes como faltaron tantos
viviremos la crisálida partida
y una cara nueva se hará frente a la vida
porque solos sin ti haremos lo posible
para vivir sin morirnos de pena.

Cuando nos faltes empezaremos a morirnos
también nosotros los todavía vivos
que sobreviviendo en lo posible 
quedaremos tan huérfanos de tu camino.

Por eso tu ausencia será una lija al alma
limándonos aquello que lucíamos.
Una vez sin quererlo también habremos ido
a la región de los recuerdos huidos.
Otra cara veremos clausurándonos,
sabiendo que al morirnos arrastramos 
a todos los que no pueden evitar seguirnos.


martes, 1 de marzo de 2016

Escrito a los casi 23 años, y con ambición de seguirla.

Este papel dice que he nacido,
para morir después aunque lo calle.
Me llamo José, por el padre
que nunca fue virtuoso o putativo
y que ya no reconozco por la calle.
Y me llamé Virginio, por el viejo
amargo y retacón que no podía
verse en mi figura tan lejana.
Y me llamaba Leiva, como un pueblo
de piedra en las montañas españolas
donde corre La Rioja como agua.

Pero después, arrepentido el hombre
quiso hacerse hombre
y me cambio de nombre sin decirme.
Gonzalez fue entonces mi nombre.
Nunca se nombró con tanto afán y esmero.

Desde entonces vagué con la mirada
del que lleva la humanidad en si
y sin saberlo tenía miles de hermanos
que llevaban mi nombre hasta volverme anónimo.

Me llamo José, como el bien muerto;
Virginio, bajo su capa azul venerada,
como millones soy José Gonzalez.

Pero tengo otros nombres, olvidados
que nunca conocimos ni tocamos.
Los nombres de los indios que quedaron
perdidos para siempre en la tristeza.
Tengo nombres en lenguas ignoradas
y en signos de madera y piedra.

Desciendo de señores y de esclavos.
Soy el marqués y el pogo, la raza y la miseria.
Soy sefardí, moro, lisboeta,
tano, alemán, inca, castizo.
De toda sangre vengo como América.
Hasta mi nombre es una bandera
que pueden llevar miles de mis iguales
sin que a mi escudo le ocasionen afrenta.
A veces, y no por vanidad, yo soy América.

Pierdo los hilos. Ya me recompongo.
Casó mi madre entonces con sus libros,
con su descanso de no detenerse nunca.
Voló mi padre, Ícaro criollo,
y dio contra otro suelo diferente.
No estaba hecho el pan para dos dientes.

Y así me dio por caminar la noche,
como a los años nomás de nacimiento.
Solté las manos de alguien algo atento
y caminé en el viento sin caerme.
Hable como hablan los loros barranqueros.
Por vanidad, por fuerza, por costumbre.
Me hice de asombro, de sangre, de accidentes.

Amé los árboles, la piedra partida.
Tomé la furia oscura de la vida.
Ardí de fiebre, dormí como los días.
Fui con el viento al sur
y la tormenta me devolvió a los nortes.

Deleité el arte de los equilibrios.
Las redes clientelares del amigo.
Esquive como pude el lance matemático.
Mal se llevó conmigo el sustantivo.

Pero de todo monstruo he sobrevivido.

Y aquí me descubrí valiente.
Hijo de tierra, sol del horizonte.
Salí a la calle polvorienta para mirar
la senda del mendigo.
Tuve el amor confuso de los grillos
cuando volvía a oscuras
para dormir hasta que arda el día.

Entonces fui Caín, y Abel.
Y Cam cuando dormía.
Fui nieto de la anécdota,
y hermano del olvido.
Hubo una rosa y una espina juntas
en cada encrucijada del camino.

¿A que seguir contando lo que sigue?
Nada me aguarda parece todavía.
Y sin embargo vago hecho palabras,
trazando gestos cargados de vacío.
Busco una huella para seguir cautivo
de los asombros azules de la vida.

Yo soy aquel que todo ha preguntado,
y aunque aprendí a rebajar la voz y ser discreto,
soy mas sonoro que el río enfurecido.
Tengo más voces que cuerdas la guitarra.
Tengo más ambiciones que una rama.
Crezco nomás, es cierto por ahora,
pero espérenme en una calle a solas.
He de cruzar un día a cierta hora
y me verán la cara como un mapa.
Hecho de tanto andar sin darme pausa.
Porque ya se que el único descanso
es el amor, y nunca es para tanto.
Mas descanso es la muerte tenebrosa.


Me dicen por ahi que te has rendido.
Que pareces un buey por lo amansado.
Que ya no cantas versos al porfiao
ni dices ni enamoras la alegría
de las putas en Madrid dormidas.

Salen los jueces a lucir tu talle
y que inclinaste el cuello a la medalla.
Que ya no faltan dignos que te alaben
mientras tu posas al retrato y a la calle
donde las cámaras sacuden
su campo de destellos desechables.

Pero yo creo, Joaquín de la aventura,
que mas lejos llegaste donde nadie
había estirado la mano, y el detalle
de tu vos cascada por el humo
son suficiente valor a tu figura.

Juglar irónico y maldito,
a Baudelaire encantas con tu aplomo
de andar diciendo tus melancolías.
Vete a decir que aceptas las medallas.
Te las mereces todas en el cuello,
en la solapa, en el bolsillo lleno
de versos españoles y castizos.

Si alguna vez ha florecido el aire
de esa España mordida y enfermiza
de no ser en tu voz fue en tu mirada.
De no ser en tus ojos fue en tus manos
que han manoseado mas de lo contado
este mundo bendito maldecido
para que tu le encuentres el arraigo
a tanta poesía contenida
en el rescoldo de tus ojos pardos.


miércoles, 17 de febrero de 2016

¿Dónde duerme el dragón cuando la lluvia
viene apagando el fuego con su brillo
de las gotas sobre sus curvos cuernos?

Ha de buscar una cueva profunda 
para poner sus garras al resguardo
sin que los caballeros lo atormenten.

Pobre dragón, tan duro como el cuero.
Quiso volar por sobre la tormenta
y los beatos al verlo le temieron.

Vino San Jorge a matarle sus vástagos.
Vino con hierro a bendecir la tierra
apenas con la negra sangre de la bestia.

Siempre la fe reclama sacrificios
y la maldad le ha encendido el fuego.
Nadie ha leído, al dragón, evangelios.

Pobre dragón, tan solo en su condena.
Pobre dragón, tan solo en el infierno.


Escarabajo negro; como un acorazado
y gordo caballero aún con brillos,
mas ya solo recuerdos.

Si a San Jorge enfrentases, aquel depondría armas.
Tanta es la gloria que existe en tu miseria.

Oscuro y duro, como la tristeza,
dime a que sol empujas en esta madrugada.

Corre a donde no llegue la matanza.
Entre las hojas esconde tu rostro peregrino.
Yo haré de tí un sueño de verano
que te recuerde como una maravilla
a ti, la más paciente de todas las criaturas.


martes, 16 de febrero de 2016

Barba de viejo, como una cortina
ya seca y recortada por la lluvia.

¿Acaso un viejo pasó de madrugada
y la morera se despertó asustada
para tirar feroz con dedos recios?
Ahora le cuelga de los anillos una barba ajena.

Barba de viejo, como una tristeza.
Ni las arañas te habitan la pena.

Pero que bella barba.
Cuando sea viejo me crecerá una barba
como una oveja.
Como pelambre gris del viento.

¿De quién será esa barba entonces?
Se le cayó a Dios, desde las nubes,
por tropezar corriendo en la tormenta.
Huele a la tierra opaca y al cemento
cuando se quiebra entre las raíces.
Tiene ese olor a soledad y tiempo.

Tal vez solo emanó de la paciencia,
creciendo en las rendijas del otoño
y en la llovizna encontró sustancia.

¿Por qué arraigó aquí, donde no crecen
nada más que los árboles severos?
Encarnación de San Simón me pareciera.


Me gusta la humedad, los días de bruma,  las mañanas que llegan tardías y calladas,  los pájaros que duermen hundidos en el tiempo informe d...