martes, 17 de julio de 2018

Desde el fondo del mar sacan un cangrejo peludo
los japoneses, el pueblo pequeño de las islas negras,
lo llevan más allá de la orilla hacia el ruido de la ciudad,
lo reciben con luces, con asombros, lo bañan, lo enderezan,
lo calman en aguas heladas y rígidas como un cuchillo,
y el cangrejo se queda ahí nomas, tan quieto e inocente
con sus ojos ignotos esperando la paz de los océanos.
Siente el miedo que acaricia su vientre, siente el aire
opacado y humeante de esos salones tan estrechos y nuevos,
pero ya no resiste. Permanece aterido en sí mismo,
hermoso, una roca velluda arrancada de la piel del mar
que lo llama, que lo nombra junto a los barcos de los pescadores
y lo nombra en las redes y en las jaulas que esperan,
que se extiende sobre las orillas y conmueve la paz de las gaviotas.

Vienen los hombres a tocarlo, gritan su nombre, lo venden
por las calles, vocean su antiguo nombre colorado
y un millar de expertos se asoman a verlo.

Pero él no sabe, no conoce su precio. Espera
que el mar se extienda con su cabellera verde, con su sonrisa
traiga la quietud y el coraje del agua profunda nuevamente.
Esperando sentirse nuevamente tan húmedo no ve llegar la muerte.

Lo toman, lo atenazan, lo atan de sus extremos, lo sacuden;
y el miedo crece como un metal pulido que le aprieta las pinzas.
Lo meten en una vaporera, vivo y a oscuras, ardiendo
de la fiebre maligna se adormece firmemente hundido en el silencio
mientras su coraza clara toma el color del fuego.

Pero los hombres no entienden el lenguaje de su muerte,
no imaginan la magnitud del miedo, la dureza de ese silencio agrio.
Ya tierno lo despedazan sobre el mármol y la madera,
le arrancan las amplias patas agudas, abren su corazón con un cuchillo,
y quitan su carne pálida de los escondrijos originales.
Queda desnudo, ya sin estar presente. De su cadáver solo se adivina
el color y la forma de su muerte.

Y lo ponen en fuentes de cristal rodeado de repollos jóvenes,
bañado con el aceite ancestral, tocado por el corazón del ajo suavizado,
sobre el alga verde de los fideos dormido.

Ahora el mar no podrá reclamarlo. No lo verá,
no responderá cuando lo llame.
El mar encontrará cascaras en las orillas, y no tendrán su forma.

Los salones lo reciben revestido de sal,
de pimienta, de humo, sin dolor, todo él como una flor que cortaron su tallo;
al hambre de las criaturas de la tierra negra.




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