miércoles, 28 de marzo de 2018

Vino a morir, tan hondamente herido
que no tenía la prisa de la vida.
Vino despacio entre las algas ruines,
desmalazado, roto, casi muerto
pero no muerto ya, ni todavía.
Vino este pez de ojos enfermos
a quedarse dormido entre las hojas
agónico, su piel abierta en gritos
pequeñitos aullando en sus costados

No ha podido la muerte hacerte suyo,
palidecer tu rostro, darte altura
y curarte la espina de tu angustia.
No te ha dado, en su arte, aquel sosiego
de quien halló la paz de la derrota.

Te quedaste tu dolor ardido
que aún humea en el charco de tu arrojo.
Te tocó el dolor con su ancha mano fría
y dentro tuyo vaga, tan perdido
que no halla salida de este ahogo.

Nada queda de ti, nada te calma
este temblor levísimo que habita
el doliente cristal de tu martirio.


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