viernes, 8 de diciembre de 2017

Puede el hombre hacer su abrigo
en cualquier sitio. Le basta la costumbre.
Levantará una chapa y hará techo
junto al silencio ronco de los árboles
en donde la raíz sostiene el mundo.
Podrá encontrar un poco de comida,
agua, un palo sin corteza,
una piedra que sirva de sostenes;
y dirá "Esta es mi casa."
Cuando venga la noche se encerrará
en si mismo, cubierto de silencio
y de abrigos polvorientos dentro del frío.

Así lo hizo en el tiempo, así es ahora.
Ayer nomas mis vecinos se fueron,
quedó su vieja casa sola.
Luego vino el mayor de los varones
y desmontó costumbres y objetos cotidianos
que en un camión llevaron entre los edificios.
Veía la ciudad su despedida.
Y en un día, siguiente y repentino, derribaron los muros,
desarmaron el techo, abrieron
los espacios que parecían eternos.
No quedó más que un hueco
y los dientes quebrados del cemento.

Dicen que otro compró este trozo de tierra
y que quiere ponerle cimientos y habitaciones nuevas.
Pero en un solo día la costumbre se ha ido
como se van, y pronto, las horas y los ríos.

Quedó la tierra sola, dormida en sus terrones
acalorándose a la mitad del día.
Y en una esquina, al frente, un hombre se ha quedado
a vigilar la noche. Un sereno olvidado
puso luces, improvisó una esquina
y después de las nueve se sienta en la vereda
como un gato en la puerta.


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