viernes, 27 de octubre de 2017

Que poco te recuerdo.
Brevemente y apenas, simplifiqué tus muros.

Se que eras alta y dura
que una tarde alguien dijo
"se parece a una carcel,
con esas ventanitas asomando en lo alto."
Recuerdo que eras fría y oscura,
yo solía entrar a escondidas
para robar cuchillos tramontina
con los que molestar a las avispas.

Después te hiciste pálida y serena,
tus suelos se cubrieron de colores.
Te arrancaron tu piel de escamas negras
para alumbrarte los rincones.
Entró por las ventanas la claridad de fuera
y se durmió en tu planta.

Te erigiste en la tierra, diste al aire
los callados espacios de tu piedra.
Soportabas el silencioso peso de tu amparo;
como árboles muertos tus columnas.
Tuvo que venir el mundo verde
para alegrar tu clara pesadumbre.
Cuando el jazmín se recostó en tu hombro,
cuando creció salvajemente el conejito
y al pie de tus pilares se enderezó el burrito.

Y ahora que quedaste fuera.
Vino el invierno para habitar tus patios,
dejándote en el tiempo.
La mano humana te despojó de arreglos
para llevarse su vida. En una tarde
te vació la estancia de sus libros,
sus cortinas, sus mesas y sus sillas.
No pudo alzarte, no pudo reducirte
a medida de un dado
y llevarte escondida en el bolsillo.

Te quedaste contigo, en tus jardines
para cuidar la dura rosaleda
que te creciera sobre los gatos muertos.
Para cuidar aquello que se queda
adherido a la tierra por la vida o la muerte,
y que los peregrinos pierden para siempre.

Y no ha pasado un siglo, pero lo pareciera
que no he vuelto a mirar desde tus puertas
la vida como era.


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