La belleza, pasajera y liviana,
nos carcome el deseo
de tocar lo inasible.
Buscamos en el día
la salvedad del dios que difumina
la niebla con el paso.

Estamos indolentes
ante la decadencia
del árbol y del hombre.
Ya no duele el Otoño.

Queremos caminar por la vera del río,
mirando inocentes las canoas.
Añoramos un  tiempo que nunca sucedió.



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